Tuve varias experiencias profesionales por las que merezco ser envidiado y no necesariamente de la mejor manera.
Sin embargo, pocas se asemejan a la de haber estado en los respectivos estadios atestiguando y transmitiendo las hazañas de Usain Bolt.
Hace media hora, mientras salía del Olympic Park pensaba que, efectivamente, la profesión me puso delante de las más impactantes proezas del único atleta que, para mi gusto, merece sentarse en el mismo sillón de Jesse Owens. Me tocó en Beijing. 100, 200 y la posta. Me tocó en Berlín. 100, 200 y la posta. Me tocó en Londres. 100, 200 y ahora espero ansiosamente que tambión gane la posta.
Apelo una vez más a lo autoreferencia para simplificar el camino de enumerar lo que acaba de concretar este personaje emblemático de nuestro tiempo. Porque, asumámoslo de una vez, cuando Bolt corre algo importante, gran parte del mundo se detiene por una buena causa. Tantas veces nos paralizamos ante el anuncio de un presidente poderoso a punto de entrar en guerra, tantas veces nos desesperamos por conseguir una radio para escuchar si es cierta la mala noticia que nos acaban de rumorear, que bien vale la pena parar todo por 10, 20 o 40 segundos y celebrar la máxima expresion del espectáculo y la eficacia al servicio del deporte.
Para nuestro hábito futbolero, Usain es un canchero insoportable. Tengo más dudas al respecto. Fundamentalmente por el trato que se le ve en público con muchos de sus rivales. En definitiva, si así no fuera, peor aun. Pocas cosas menos digeribles que un canchero que se la banca.
Volvió a hacer magia en Londres. Ganó casi sin show. Digo mal. Esta vez, su show fue solo verlo correr tantos metros con las rodillas a la altura del mentón. Y todavía queda más.
No. No me refiero a la posta del sábado. Me refiero al futuro. A Rio 2016. Tiene 25 años y esta noche encontrò la motivación definitiva para otro desafío. Porque si ganando dos veces seguidas los 100 y los 200 se convirtió en único, llegar a hacerlo tres veces lo convertiría en insuperable.
