Los argentinos tenemos que saber que no veníamos a los Juegos Olimpicos a contar medallas como los chinos o los rusos. Ni siquiera como los brasileños, que en un solo día ya se clavaron una de cada color.

Nosotros disfrutamos enormemente de cada una, entre otras cosas, porque ganamos poquitas. Aun orgullosos de nuestra delegación, aceptamos que ganamos poquitas.

Y una de esas poquitas se escapó por nada el dia del estreno. Como hace cuatro años, la enorme Paula Pareto quedó a poco segundos y un fallo cuestionable de subirse nuevamente al podio.

“La Peque” volvió a demostrar una fenomenal capacidad para superar las limitaciones y hasta el dolor. Se quedó en la puerta de otro bronce, se llevó el primer diploma argentino y revalido su titulo de Samurai rubio, chiquito y de ojos claros.

Ella se convirtió, después de Beijing, en una de las deportistas olímpicas más populares y queridas en la Argentina. Creo que nada la cotiza mejor que su sencillez.

Este es el momento necesario para que vos te acuerdes de la admiración que te provoca, que no te dejes ganar por la necedad de dividir a los deportistas entre ganadores y perdedores como algo lineal que se mide según lo que te cuelges del cuello.

Hoy es un dia en el que su actuacion vuelve a provocar orgullo. Un dia en el que lo unico que da pena, es su pena.